lunes, mayo 13, 2013

Luisito Bravo, el idolo olvidado de Palma Soriano.



 

 Hijo de Palma Soriano, con una voz dulce y melodiosa, Luisito Bravo Pujals fue uno de los iniciadores del rock en español en Cuba. Su imagen de adolescente sonriente con la guitarra en bandolera cautivó la imaginación de millares de jovencitas.
Llegó a La Habana en 1959 ya había sido solista de Los Rítmicos, un conjunto de adolescentes palmeros que lo mismo interpretaba una ranchera, un tango o música bailable cubana.  Pero el rock americano había entrado con fuerza en Cuba y un día de 1959 decidió probar suerte en La Habana donde a través de otro palmero, René Puig, contacta con el agente artístico Heliodoro García que le encamina en el competitivo mundo de la música profesional. En los estudios de Radio Salas, en San Rafael y Consulado, graba varios números entre ellos “Elenita” y “Dame un poco de tu amor”. Allí hace amistad con Ricky Orlando y pronto estará cantando en el cabaret Nacional de Prado.

 Es entonces que el venezolano Gumersindo Castro, dueño de la disquera Velvet comprende su talento y le graba dos Long Playing (Luis Bravo y Tus Canciones) y once SP de 45 rpm con dos y cuatro canciones cada uno. En menos de tres años hace una brillante carrera con sus versiones en español de aquellas canciones popularizadas por los grandes cantantes de la época de oro del rock and roll. Con “Ya tu ves” de Fats Domino y “Tiernamente” (Tornasorrento de Elvis Presley) gana un disco de platino en 1961 por más de 500 000 copias vendidas; “Oh Carol” (de Neil Sedaka) y Adán y Eva (de Paul Anka) vendieron más de 200 000 copias gracias a lo cual recibió el primer disco de oro; poco después recibiría el segundo por las ventas de “El Fantasma del Circo” y “Tus Canciones” que superaron las100 000 copias.

 El nivel de popularidad de sus rock lentos y baladas rock en una isla que apenas tenía 6 millones de habitantes y en cuyos escenarios se presentaban los artistas internacionalmente más famosos (desde Lucho Gatica hasta Pedro Vargas) no han sido alcanzado, ni antes ni después, por ningún otro cantante cubano de ese género musical. Un triunfo que abrió el camino para muchos otros cultivadores del rock que siguieron sus pasos.

 Pero las intervenciones de teatros, clubes, disqueras y emisoras de radio y televisión que entorpecieron la divulgación estable, imprescindible para el artista y el temor del nuevo gobierno a la rebeldía juvenil que el rock simbolizaba conllevó a presiones políticas de todo tipo. Rescatar las raíces musicales fue casi un grito de guerra y Luisito Bravo, en la cúspide de su fama, decidió emigrar.

 En el exilio, su éxito se apagó como el de tantos otros. Todos le olvidaron, aquí y allá, sus canciones desaparecieron de la radio y los traganickeles. Y quizás decepcionado por una carrera artística arruinada cuando apenas comenzaba se entregó a la bebida hasta que una cirrosis hepática acabó con su vida en 1999.

 A la música cubana no le fue mucho mejor. Se cerró al mundo prohibiendo a cualquier cantante con suficiente popularidad para competir con el gobierno. Y aunque muchísimos años después el otrora proscrito John Lenon fue eternizado en una estatua de un parque habanero, de nuestro Luisito apenas queda un recuerdo en el corazón de los que alguna vez, siendo adolescentes, le aplaudimos. Pero algún día en una Cuba libre tendrá su estatua.