sábado, mayo 18, 2013

La casa Dupont. Varadero, Cuba.

 
 
Lateral de la casa.
 

La casa Dupont.
Por Eufrates del Valle.


La historia de esta casa fascinante ya se la había escuchado a pescadores del área cuyos padres habían sido empleados de la familia Dupont antes de 1959. La mansión fue construida en la Peña San Bernardino y terminada el 30 de diciembre de 1930, después que el millonario estadounidense de origen francés Alfred Irenee Dupont comprara 180 hectáreas de la Península de Hicacos a la familia española propietaria original de esas tierras.



Este Dupont vendió algunas parcelas a cubanos y americanos y construyó la Mansión Xanadú, llamada así por un poema de Samuel Taylor, como casa de descanso para los meses de invierno. Para ello trajo de Santiago de Cuba maderas preciosas como caoba, cedro, sabicú y jiquí para los techos, puertas, barandas y columnas, así como mármoles cubanos, italianos y españoles para los baños. También creó un campo de golf en el terreno frente a la casa.




Debe haber sido en 1963 la primera vez que la visité, porque ya estaba intervenida por el gobierno del caos y era como especie de un museo, pero todavía no habían inaugurado el restaurante que allí hicieron a partir de la visita de la cosmonauta Valentina Tereskova. Recuerdo nítidamente aquella sala que nada tiene que ver con ese espacio triste al que sólo le queda un armario, 3 butacas y 2 mesas que se aprecia en la foto anterior. Allí había un magnífico juego de sala formal con todas sus piezas, sofaces, consolas, otomanas, mesa central y mesas laterales llenas de marcos de plata con retratos de la familia Dupont de varias generaciones, ceniceros de cristal y de plata, humidificadores de tabacos, libros encuadernados en cuero y flores frescas en exquisitos búcaros por doquier. Tengo una vaga impresión de que esas butacas de la imagen anterior eran parte de otra sala adyacente, un poco más informal.  

 
También grabada tengo esa escalera porque, cuando llegué al descanso de la misma, recuerdo que recorrí con la vista aquella inmensa pared blanca en un viaje fantasioso al infinito. Puedo asegurar que esos dos cuadritos de la foto no tienen nada que ver con la decoración original de Dupont ni con la elegancia de dicha familia, todavía impregnada en aquella casa cuando la visité por primera vez.
Al pasar el tiempo y en distintas épocas de mi vida, seguí bañándome en el área, aunque siempre evité volver a entrar dentro de la casa, después que fui testigo, años tras años, de los objetos y muebles que iban desapareciendo y el espíritu de desolación que la iba habitando. Sin embargo, durante esa última visita a Cuba que hice a finales de los 90, y después del sobresalto de tristeza que me produjo recorrerla como un “extranjero”, salí a la terraza para tirar la foto anterior, que debería congelar en su imagen el paisaje de muchos de mis recuerdos juveniles.

Pero hasta ese paisaje fue imposible de encontrar: Donde antes había un sin fin de peñones rodeados de vegetación silvestre y uvas caletas escondiendo pequeñas e íntimas playitas, lo que vi detrás del visor de mi cámara fueron unos ordinarios hoteles al estilo del más común de los resorts del mundo. Aquel paisaje único había sido violado por los Castros y convertido en un resort más para turistas extranjeros. Ni siquiera la espantosa transformación fue para el bien del pueblo cubano.
 
 
Para colmo, buscando ahora información sobre la casa en la internet, me encuentro con páginas como por las cuales me entero que a la casa Dupont, como siempre la conocí, la han vuelto un hotel de lujo de seis habitaciones, conjuntamente con el exclusivo campo de golf. Hotel y campo de golf, por supuesto, de los cuales los cubanos no pueden disfrutar por ser ciudadanos de segunda clase en su propio país, a no ser que te vayas de la Isla como un gusano, y luego regreses con dólares y desmemoriado, como un turista extranjero o una mariposa, para poder disfrutar del paraíso que llaman Cuba de donde tu mismo tuviste que huir.