jueves, diciembre 06, 2012

RELATO DEL PRESIDIO POLÍTICO DE MUJERES.



Describe la ex-presa política, Esther Mora Morales, sus vivencias en la cárcel de mujeres de Guanabacoa. Hablemos ahora de las cavernarias bartolinas de Guanabacoa, saturadas de toda clase de sabandijas, apestosas en grado sumo, estrechas, inmundas cuevas usadas antiguamente para castigar a infelices esclavos, allí nos amontonaban hasta seis y siete, en un lugar donde apenas cabía una persona sentada y como si esto fuera poco, en otras pocilgas semejantes, almacenadas como fardos podridos, estaban las infelices presas comunes, en una promiscuidad asqueante, introducían lo mismo la pobre huérfana de la desaparecida Casa de Beneficencia, a la menos procedente de aquella legendaria Aldecoa (cárcel para niñas menores) o a la que no pudiendo soportar los maltratos en los campos de trabajo forzado para estudiantes, así como cualquier acto propio de una juventud que se rebela ante sus opresores.
Era horripilante escuchar los alaridos de niñas que pedían protección y clemencia, a sus carceleros ante los ultrajes de que eran objeto por otras mujeres, ¿qué digo?, mujeres, no, las hienas asquerosas, prostituídas muchas por el medio ambiente y a la vez cebo corrompido cuya putrefacción conlleva el camino hacia la concupiscencia más abyecta.
Las galerías altas, ocupadas primero por hombres y mujeres de la pero calaña, un poco más habitables que las ya descritas cuchitriles, las desalojaban y sin limpiar las miasmas que dejaron aquellos cuerpos, en su mayoría podridos, nos introducían a nosotras las mujeres sin zapatos, y a mano limpia nos veíamos obligadas a asearlas hasta donde nos fuese posible.
En Guanajay estaban las tristemente célebres tapiadas, allí tampoco sabíamos si era de día o de noche, siempre en tiniebla, como no veíamos lo que comíamos, una cucaracha, una mosca, ******* más o menos no se echaba a ver. Hasta allí nos ofrecían las palizas de guarnición con su correspondiente requisa, llegándonos a dejar en sólo blúmer y ajustador, durmiendo en el suelo y hasta quitarnos las cucharas con que nos llevábamos a la boca el salcocho propio de los puercos que nos ofrecían. También nos regalaban con chorros de agua, cual si trataran de apagar un incendio.
Como nos seguían poniéndonos con las presas comunes, escogieron en cierta oportunidad un grupo de las más infectadas con enfermedades venéreas, bañándolas con la misma agua de la cisterna de cual obteníamos ese preciado líquido en el pabellón de las tapiadas. Todo ello originaba fuertes protestas por parte de las pesas y como colofón, el castigo para nosotras por tan justa actuación.
Lo pero era que nuestros familiares, sin reparar en su edad, sexo o condición física, recibían a la vez la ira desenfrenada de aquellos bárbaros. Hechos inconcebibles en este siglo.
Termina Esther exhortando a todas las mujeres que sufrieron el presidio político de Castro a que expongan ante el mundo su odisea. “Para quien no haya sufrido en sus propias carnes ha de parecerle estos datos como extraídos de una espeluznante mitología; por ello, yo conmino a mis hermanas que han sufrido este martirologio, sobre todo a las que supieron mantenerse en una postura cívica-social y moralmente digna, a que escriban y divulguen sus propias experiencias. Para que no sólo sean conocidas del mundo inconsciente que nos rodera, sino también para bochorno de los países y personas que han permitido y permiten que una nación tan próspera y culta, se convirtiera en el basurero donde vierte el estiércol el nauseabundo comunismo.”
Tomado del libro “la Verdad sobre El Presidio Político de Mujeres en la Cuba Castrista.”