jueves, junio 28, 2012

UN CASO CURIOSO DE CATALEPCIA EN LA HABANA.



UN CASO CURIOSO DE CATALEPCIA EN LA HABANA
Pedro Marqués de Armas.

Cortesia de Armando Cuervo.

En una antología de casos curiosos de la psiquiatría cubana debe figurar, sin duda, el de aquel soldado gallego que entró en un estado de catalepsia que se prolongaría por espacio de catorce meses. Camilo Martínez, de 22 años y oriundo de A Peroxa, aldea cercana a Orense, había llegado a La Habana en 1882. Al año de estar en suelo cubano sufre accidentalmente una herida de la que se repone, eso parece, sin mayores consecuencias, no así del extremo abatimiento en que cayó y que fuera atribuido a una profunda nostalgia por su patria. A comienzos de 1884, aquella melancolía comenzó a complicarse con ataques intermitentes de catalepsia, hasta quedar meses más tarde sumido en una inmovilidad y sopor absolutos que motivarían su ingreso en el Hospital Militar de San Ambrosio, y, cómo no, su baja del Servicio Militar.

Desde mayo de 1884 hasta julio de 1885, Camilo Martínez permaneció en perenne catatonía, si bien el término que se empleó para su estado fue el de catalepsia. A veces murmuraba algunas palabras, tosía o estornudaba, pero no movía los párpados ni ninguna de las extremidades que, entretanto, adquirieron una consistencia especial que permitía doblarlas como si se tratara de un muñeco. El soldado dormía todo el tiempo; y había que abrirle la boca y empujarle los alimentos. Se le trató con estricnina y bromuros, a altas dosis; se le aplicaron corrientes de Gaiffe; se prescribieron duchas frías, pero en realidad todos los remedios resultaron vanos.

Fue entonces que entró en escena Carlos de la Torre, el futuro naturalista, joven médico que dirigía por aquellos años la prestigiosa revista La Enciclopedia. Graduado en la Escuela de Medicina de San Carlos, en Madrid, y alumno de Esteban Sánchez Ocaña, de la Torre pidió permiso al médico militar Tolezano Mercier para estudiar el caso. Para el médico cubano se trataba de una catalepsia secundaria, complicación de alguna forma de alienación mental. Y siguiendo a autores como Falret y Jaccoud, barajaría diagnósticos como demencia melancoliforme, lipemanía profunda, etc., para definir -por último- el cuadro clínico del paciente como Catalepsia melancólica.

En principio, de la Torre siguió empleando los tratamientos que habían prescrito los médicos militares españoles. Pero en conocimiento de los resultados obtenidos con la música por Charcot, en la Salpetrière, para este tipo de enfermos, e imbuido además del recurso (muy extendido entonces) de entender los problemas mentales del inmigrante –sobre todo si eran soldados o dependientes del comercio- como consecuencia casi invariable de la “nostalgia por la patria”; solicitó que se le permitiera realizar el siguiente ensayo: aplicar al inmóvil soldado una sesión diaria de gaita y tamboril.

En efecto, los resultados no se hicieron esperar. Desde la primera sesión el enfermo comenzó a moverse en su cama; llegó luego a acompañar la música con las manos y a responder con monosílabos cuando se le hablaba “en su lengua natal”. Tras pocas tandas de “muñeiras” y “fandangos” salió definitivamente de su estado de estupor.

Camilo Martínez fue devuelto al terruño, aunque, según se afirma, en un estado mental próximo a la demencia.

El Dr. Carlos de la Torre y Huerta recogió buena parte de lo concerniente a la evolución clínica del soldado en su artículo “Un caso notable de Catalepsia”, publicado en La Enciclopedia en julio de 1885.

Sobre el profundo y prologando “sueño” del militar gallego y sobre el gaitero que le hizo "despertar" se escribieron en su época no pocos artículos. Por haber, hubo desde textos jocosos y vernáculos, lo mismo en la prensa cubana que en la gallega, hasta notas alarmantes en sociedades espiritistas. Algún relieve tiene que haber cobrado el caso en cuestión, para ser recogido ya en 1896 en el famoso libro Anomalies and Curiosities of Medicine, de Gould and Pyle.