domingo, enero 29, 2012

EL ESCAPARATE DE CAOBA


EL ESCAPARATE DE CAOBA.
Por:  José Caballero Blanco

La enorme mole de esa estructura de madera oscura, siempre era una atracción a mis ojos de tierno niño. Cuando llegué a ocupar un espacio en nuestra casa, él ya estaba allí, pues mis padres lo habían comprado de segu ...nda mano, junto a la coqueta y la cama antes de su boda, formando parte del ajuar matrimonial; así que por antigüedad era merecedor de estima. Esta era la forma en que se nos enseñaba antes, los más viejos merecían todo nuestro respeto, no importa cual fuera su relación de familia.
Era un mueble muy pesado, debido a la madera usada en su construcción, y cada vez nos mudábamos escuchaba a los cuatro hombres que hacían el esfuerzo por moverlo, acordarse de la pobre progenitora del carpintero lo había construido y desde luego no usando las mejores palabras referente a ella. De haber hecho efectivas todas esas diatribas, la señora en cuestión no habría podido salir de la ducha, para quitarse de arriba todo lo que esos esforzados trabajadores manifestaban hacer, o por lo menos lo que era su deseo.
La madera en cuestión, la caoba, tiene características que la hacen a la vez apreciada y odiada. Resistente a las plagas (al comején nunca se le ocurre meterle el diente), dura, pesada, difícil de trabajar y duradera; fácil de sacarle los mas brillosos colores con los barnices.
Tenía tres puertas, cada una de ellas dando acceso a secciones distribuidas de la siguiente manera, el lado izquierdo para la ropa de mi papá, el derecho para la de mamá y el centro, además de las consabidas barras de madera donde se colgaba la ropa en perchero. Había dos entrepaños o divisiones transversales con sus correspondientes gavetas, que al entender de nuestra corta edad, guardaban los más variados tesoros de nuestra casa. La puerta del medio tenía un espejo que ocupaba todo su frente, en él te podías ver reflejado desde la suela de los zapatos hasta el último pelo de tu cabeza, no importa si tu estatura fuera de uno a siete pies.
Aun sin ser apegado a los bienes materiales, pues considero que son cosas de las cuales nos servimos, no las que nos convierten en sus esclavos, hay algunas cosas inanimadas que tienen alma, me refiero a esa que va intrínsecamente prendida a nuestros recuerdos, como es el caso de este viejo escaparate.
Aparte de ser algo, que teníamos por costumbre ocupara un lugar prominente en medio de la habitación principal de nuestros padres, este mueble era refugio de nuestras travesuras de niños. En muchas ocasiones me escondía dentro, para tratar de escapar al merecido y justo castigo de mis acciones, pues no voy a tratar de restarle importancia a lo indefendible. Me servía para esos menesteres el lado que ocupaba la ropa de mi padre. El escondite salvador, hasta que se aplacaba la ira justiciera de mami. Lo use por algún tiempo, hasta que por gastado, resulto ser el primer lugar donde me buscaban al quererme encontrar y ponerme al alcance de dos buenos correazos correctores de conducta, aplicados en esa parte blanda donde la espalda pierde el nombre.
Llegó a ser también el baúl de los tesoros escondidos, donde aprovechábamos las salidas de nuestros padres para revisar a nuestro antojo todo lo que había en las gavetas, llevados por esa innata curiosidad, que nos lleva a meter las narices en los lugares donde nos advierten que no debemos de hurgar. La famosa cámara fotográfica de fuelle alemana que habíamos visto ser operada por los adultos, llegó a estar a nuestro alcance, dándonos gusto de halar y meter el dichoso fuelle como si fuera un acordeón. Las famosas medallas y diplomas ganados por mi mamá como deportista, cuando llevando a sus espaldas el numero 11 y con el sobrenombre de “Gallito Blanco”, primero con el equipo de basketball de su escuela Cristo Rey de Guanabacoa, terminando invictas en el campeonato nacional de la Federación Atlética Femenina de Cuba y después con el famoso Club Cubaneleco, además de integrar el team de basket era tercera base y tercer bate del equipo de soffball. Leer los recortes de periódicos donde mostraba sus pasadas hazañas nos llenaba de infantil orgullo, pero teníamos que hacerlo con mucho cuidado, porque sabíamos lo que significaba y el amor que mami le tenía a esos papeles.
Ponerme los zapatos de papi y sus corbatas anchas como pañuelos, echarme la colonia para después de afeitarse “All Spices”, aunque tuviera que lavarme la cara “apurado” al acercarse la hora en que los viejos estaban al llegar, para que no descubrieran nuestras desobediencias. Mi hermana aprovechar para ponerse los tacones de mujer adulta y echarse polvos “Maja” que tomaba de la coqueta donde nuestra mamá guardaba sus afeites, adornar sus orejas con unos aretes de fantasía toledana que eran regalos de mi padre, son imágenes que no se borran de la mente infantil. Aun de adulto se cierran los ojos y parece como si estuviéramos viendo una película en un cinematógrafo, sentados en primera fila.
Nunca entendí. ¿Por qué? Si las puertas del escaparate tenían llaves, jamás se las quitaban, sólo daban la orden verbal de no tocar nada, pero no restringían el acceso de la forma más fácil, que era removiendo las llaves. A veces me pregunto si esto no era una forma de activar nuestra curiosidad, o poner a prueba nuestra disciplina.
Brincar arriba del colchón de la cama, sin miedo a que se rompiera alguna de las barras que lo soportaban, pues las barras de madera aguantaba eso y mucho mas, estirar las sobre cama para cubrir nuestros actos circenses, donde nos jugábamos la vida al no caer desnucados en uno de esos saltos.
Crecimos y al crecer nos tocó ayudar en la última mudada, donde entré a formar parte del grupo que movió el escaparate, entendiendo y compartiendo en ese momento lo que no entendía siendo un niño, cuando alguien lanzaba epítetos fuertes al tenerlo que alzar. Gracias que uno no se mudaba todos los días.
Por designio inteligente, colocamos en esta ocasión y debido al espacio, el escaparate frente a la coqueta, a ambos lados de la cama; teniendo la ventaja que cualquiera que se parara a observar su atuendo delante de los espejos se podía mirar por delante y por detrás a la vez.
Llegaron mis hijas, y la habitación que era de mis padres también empezó a llamarse el cuarto de los abuelos y el ciclo frente al espejo del escaparate siguió el normal transcurso, realizado ahora por otros niños que resultaron ser el mismo reflejo mío, solo que en forma femenina.
Ahí quedó mostrado el abrazo de despedida cuando tuvimos que partir y darnos ese beso, que tardó un año en repetirse. Dejé atrás ese mueble, el cual estuvo en la casa de mis padres como fiel servidor por muchos años y que quizás hoy en día siga sirviendo a los agraciados que heredaron sin querer sus servicios.

Han pasado muchos años, no voy a decir cuántos, no es necesario, confórmense con saber que son muchos. Ya la cara de mi padre es solo un recuerdo que muestran las fotos. Pero en las mañanas, al peinarme o al afeitarme, solo veo unos rasgos en esa imagen frente a mí, siendo el rostro de mi viejo querido quien se muestra. La misma figura que veía reflejada sobre la grande luna del espejo, en la ancha puerta, de ese viejo escaparate de mi niñez.