domingo, enero 29, 2012


El Crucifijo. 1976
Restaurant El Polinesio


 

 
Alguien se aproximó a la puerta de entrada a paso lento, abrió ésta, se detuvo y dijo:
-¿Cuántos son ustedes?
-Cuatro. -repetimos casi a la misma vez.
-Horita se desocupa una mesa y podrán entrar.
Dijo el desconocido, el cuál no vestía ningún tipo de uniforme ni parecía empleado del restaurante pero ni le prestamos mucha atención.
No hubo mucha conversación entre nosotros durante el tiempo de espera en la cola, fumamos unos cigarrillos e hicimos un par de comentarios con respecto a una pareja que había allí, estaban abrazados como pulpos y se veían muy excitados.
-Coño, éstos dos debieran estar en la cola de 11 y 24 en vez de aquí. - dijo Macho sonriente, al mismo tiempo en que nuestras miradas indiscretas se tornaron hacia los dos tórtolos causando cierto impacto, se percataron de ello y a los pocos minutos se fueron de la cola, a lo mejor oyeron a mi socio Macho cuando hizo el comentario de 11 y 24 y decidieron tomarle la idea.
Una docena de personas esperaba en cola detrás de nosotros, algunos fumaban como chimenea, otra pareja que se notaban muy impacientes estaban cansadas de esperar y decidieron marcharse también. La espera a veces duraba horas, y todo para al final tomarse un par de cervezas, así era aquello, colas para todo.
Nuestras gargantas estaban secas, solamente pensábamos en entrar y sentarnos en una mesa o en la barra y saborear unos lagues nacionales bien frío, en ese tiempo las cervezas importadas no estaban al alcance del cubano de a pié, como tampoco ningún tipo de entremés o algo de picar para acompañar el lague. Lo único para “acompañar” el lague eran las jarras de barro congeladas si se lo pedías así al bartender.
Al cabo de unos quince minutos salió el individuo nuevamente y nos hizo señas de que podíamos entrar. Nuestros rostros cambiaron como por encanto, por fin, después de casi una y media de espera.
El Polinesio era uno de mis lugares favoritos, por su arquitectura, un estilo tan diferente. Cuando entrabas te hacías la idea de que estabas en otro país, en otro mundo, así soñábamos, y entablábamos conversación en voz muy baja sobre la Yuma, de la situación actual por la que estábamos pasando, de las represiones constante a que éramos sometidos, de las mentiras del régimen, de la falta de libertad, de la falta de las cosas básicas, hablábamos de nuestro futuro y siempre terminábamos concluyendo unánimemente de que había que irse para el carajo; ése era nuestro futuro, si es que queríamos tener uno.
De vez en cuando la conversación era interrumpida por el olor al pollo que se asaba en los hornos detrás de nosotros, el cual nos hipnotizaba como en los muñequitos americanos que veíamos en la televisión, donde se ve un “humo” (representando el olor), entrando por la nariz de un personaje y éste de repente comienza a flotar, y el “humo” como un gancho en la nariz lo va arrastrando por el aire hasta donde éste provenía, que podría ser un pastel caliente o un queso, etc. En este caso ese olor venía desde de la cocina del restaurante que quedaba detrás de nuestra mesa. El pollo a la barbacoa lo cocinaban en un espacio abierto detrás de unos cristales donde se podía ver a los cocineros en su faena.
Un par de veces comí pollo a la barbacoa en el restaurante, recuerdo que en una ocasión me cayó bien mal, creo que la primera vez, no porque estaba mal cocinado, sino porque mi estómago no conocía comida buena desde hacia mucho tiempo, el susto que éste se llevó fue tremendo.
Después de observar por varios minutos como unos “mongólicos” como cocinaban a los dorados y humeantes pollos, retornamos a nuestra conversación y a beber nuestro lague que ya perdía frío, no había dinero suficiente para comer aquella noche y ordenamos otra ronda de cerveza al bartender el cuál accedió con un sí con su cabeza.
Mientras tanto, frente a nosotros pasaba una mujer con su cabeza baja, sollozando y mirando hacia el suelo, buscaba algo que se le había perdido. Alguien desde una mesa le pregunta a la mujer que qué era lo que estaba buscando, inmediatamente reconozco la voz familiar y vuelvo la mirada hacia la mesa, allí estaba sentado Armando Bianchi, el cuál gesticulando y sonriendo le vuelve a preguntar a la mujer:
-¿Señora, qué es lo que se la ha perdido?
-¿La puedo ayudar en algo? -repitió Bianchi.
-Ay, se me ha perdido el crucifijo de mi cadena, se me ha caído por aquí y no lo puedo encontrar. -Dijo la mujer sollozando.
Bianchi se para de la silla, se vuelve hacia la mujer y le contesta irónicamente casi gritando:
-¡Señora, a estas alturas está usted buscando un crucifijo! –Si me dijera que lo que está buscando es una Hoz y un Martillo, a lo mejor la ayudo a encontrarlos.
Todos nos echamos a reír, llamamos a Bianchi a nuestra mesa, él accedió y en camino dijo en alta voz:
-¿Oyeron eso? – ¡Buscando un crucifijo a estas alturas!
Reímos a carcajadas, Bianchi se sentó a nuestra mesa y nos introducimos, pedimos más cerveza y comenzamos a hablar con él.
Del otro lado del bar había un individuo que no se había reído de nada, alguien que nos estaba observando desde hacía mucho rato, el mismo individuo de la puerta, éste ya había llamado de antemano a sus secuaces amigos de la policía los cuales ya estaban haciendo entrada por la parte trasera. Se acercaron a nuestra mesa y nos dijeron que estábamos arrestados todos y que teníamos que acompañarlos hasta la estación de policía.
Los enfrentamos de palabras, diciéndoles que por qué razón nos detenían si allí no se había cometido ningún crimen o algo por el estilo. Se pusieron nerviosos y los hijos de putas nos empujaron y nos hicieron salir por la puerta trasera de la cocina.
Afuera habían dos Alfa Romeos de la PNR esperando, a mis amigos los montaron en la primera patrulla, a Bianchi y a mí nos subieron al segundo carro, en el asiento trasero. Recuerdo al policía que iba sentado al frente, apuntaba con su dedo índice hacia Bianchi y le gritaba que ésta vez no se iba a salvar, lo insultaba repetidamente, hasta le pegó en la cabeza con su puño cerrado. Yo miraba aquello como si estuviese viendo una película, estaba perplejo, no podía creer en aquel estúpido arresto. Bianchi no perdió la calma, el policía seguía amenazándolo, le dijo que si la vez pasada lo salvó un capitán de aquella fiesta de perchero que dio en su casa, que de ésta iba preso por un largo rato.
Llegamos a la estación de policía, nos bajamos y nos detuvieron frente al oficial de guardia de la carpeta el cuál con mala cara nos preguntaba a uno por uno por nuestros nombres, dirección, trabajo, etc. Cuando llegó el turno a Bianchi, éste le preguntó:
-¿Cuales son sus generales?
-Mis generales son Bolívar, Maceo, Sanguili…
-Oye, no te hagas el gracioso que te puede costar caro. –le dijo el policía muy seriamente. No pudimos aguantar la risa y fuimos empujados a una celda.
A la mañana siguiente como a las 6:00 un policía se acercó, abrió la reja y nos dijo que nos podíamos largar, Bianchi quedó en otra celda, nos despedimos y nos dirigimos hacia la entrada del precinto, allí nos estiramos el cuerpo como gatos, tomamos aliento y nos enfrentamos a un nuevo día lleno de sorpresas e incertidumbres. Más nunca supimos de Bianchi, creo que al final lo dejaron ir.
Fuente:  Recibido por correo, no se el autor.